El 25 de mayo del 2011, mientras yo estaba en un concierto de Papas Fritas, mi “abue” (nadie la llamó nunca “abuela”, sólo “abue” o “abuelita chata” para distinguirla de su hermana menor, “chica”, y por su nariz fina y respingada que heredó mi mamá, pero no yo. Gracias por nada, papá) murió. Debe ser la primera vez que lo escribo, pasé varios meses sustituyendo el verbo con eufemismos y desde ese día no he vuelto a escuchar una canción de Papas Fritas. No sé si algún día lo haga, pero no importa, desde 1995 he escuchado suficientes canciones de Papas Fritas para una vida.
La entrada del concierto, que hoy vuelvo a ver con detalle por primera vez, me sirve para confirmar fecha y año, que tiendo a confundir. Es difícil anclar en la mente la muerte de un ser querido cuando se está lejos, todo se reduce a llamadas telefónicas. Y eso sí: recuerdo en qué teléfono —en qué lugar, a qué hora y qué hice antes y después— recibí cada una de las muertes que me han sido anunciadas desde 1995 cuando empecé tanto mi exilio, como mi gusto por Papas Fritas. Al volver del concierto, casi a media noche, recibí la llamada en la que mi mamá me anunciaba que mi abue estaba “muy mal” y me dejé caer en el escalón que bajaba en un gesto que ahora recuerdo casi teatral y tan poco mío. No sabía que mi mamá me contaba una generosa y delicada mentira para evitarme una noche de angustia.
Me enorgullezco de mucho de lo aprendido y recibido de mis abuelos maternos: en primer lugar, obviamente, de mi mamá. La historia de la familia de mi abuelo paterno daría para una novela de Isabel Allende y por lo mismo no hay que escribirla. Su padre y hermano mayor murieron el mismo día dejando a mi abuelo casi adolescente como administrador de la fortuna (que no hay otra palabra para describir lo que tenían) y tutor de sus diez hermanos. En un gesto responsable y de una generosidad tan típicamente suya, esto lo entendería yo con los años, se hizo cargo de todos menos de él. El dinero acabó repartido entre los hermanos y las tierras expropiadas por Cárdenas (el nombre de su hijo y su nuevo partido de izquierda fueron, durante años, tabú en las sobremesas familiares). Ya digo: un libro de Isabel Allende. Un fragmento de la historia de mis abuelos está escondida y disfrazada en alguna parte de Los Sandy en Waikiki, cuando el libro salió, le leí a mi abue la parte que —veladamente— la concernía. ¿A quién te recuerda?, le pregunté.
Es la primera vez que escribo sobre ella. En los días que siguieron a su muerte anoté en un diario todo lo que ocurría y empecé a escribir algunas de sus frases más comunes (tenía muchas) para no olvidarlas, ya lo he ido haciendo y me apena tanto. Decía “subo a lavarme los dientes” cuando quería decir “voy a dormir la siesta”, pero sus modales de mesa se lo impedían. El adulto que (finalmente) soy, le agradece tanto los pequeños detalles de educación y respeto por ciertas formas que mantuvo hasta el final.
“Sólo sé leer en mi libro” también decía, una frase cuyo sentido entiendo, pero que jamás he logrado explicar a mi familia (que empieza a considerarla apócrifa). Mi abue fue una gran lectora y también, como su nieta, una gran televidente (fan de Friends, por ejemplo, “Raquel” decía para referirse a Rachel). Leía, hasta que sus ojos se lo impidieron, el periódico todas las mañanas y libros de casi cualquier tema durante el día. Le gustaba mucho que le leyeran. En los noventa me gustaba leerle historias de Instrucciones para vivir en México, empezaba a anhelar el exilio y ese libro me reafirmaba ligero en mis razones. Me gusta mucho hacer reír a los demás con lo que ingenio (o, en este caso, con lo que ingenia Ibargüengoitia) y mi abue se prestaba al juego siempre, con una risa que, aunque silenciosa, le transformaba la cara en casi llanto. Nunca escuché a mi abue reír a carcajadas o hacer nada que no fuera digno y discreto.
Le gustaba (¡y a mí!) que le leyera recetas de cocina. Lo descubrí cuando, dudando sobre la receta de la carne con Coca-Cola (yo del concepto en sí, ella de su preparación), la busqué y se la leí en voz alta; “léeme otra receta” me dijo y terminamos leyendo el recetario entero. Le gustaba mucho la cocina, la cocina en sí, no sólo cocinar. No podía resistir un gadget (o un proto-gadget, para ser históricamente precisa) y soñaba despierta con todo tipo de electrodomésticos. Mientras tuvo su propia casa y cocina, ni ella ni sus hijos tenían mucho dinero, así que cada pequeño electrodoméstico (casi siempre de Moulinex) tenía que esperar a la próxima navidad/cumpleaños/día de las madres.
Cuando nos visitaba le leía cuentos de Sergio Pitol y, cuando ya no estaba en México, le mandaba CD en los que me grababa leyéndole cuentos cortos, incluso alguno —para su desconcierto, me temo— de la compilación de literatura fantástica de Bioy Casares. Nunca guardé copias de los CD, pero ella sí. Entre las cosas que hubimos de organizar y repartir durante el verano que siguió a su muerte encontramos, además de cajas de fotos y diapositivas: recortes de periódico con las necrológicas de su padre, su suegro y otros miembros de la familia, participaciones de bodas y bautizos, sus certificados escolares, cartas, todos los dibujos hechos por sus nietos y un par de cassettes con la voz de mi bisabuelo, quien los enviaba a manera de “cartas” a los hijos que vivían lejos. Quizá la archivista nostálgica que hay en mí haya heredado de mi abue mucho más de lo que creía. Lo deduzco apenas y me alegra tanto.
Recuerdo cosas específicas y generales: cómo entraba el sol en el cuarto y qué vestido llevaba puesto el día en que hablamos con tristeza de su adolescencia, de lo que hubiera querido (seguir estudiando) y no pudo ser; recuerdo los perfumes que le gustaban, sus uñas (siempre) con manicura; recuerdo la última vez que hablamos por teléfono (solía llamarla los martes y el último no lo hice por desidia); el orden en el que le gustaba comer y qué postres; las películas que vimos en el cine; lo qué hicimos el 11 de septiembre (jugar continental pegadas a la televisión); recuerdo el día en que le enseñamos cómo llamar por Skype; que solía decir “los sigo oyendo, pero voy a cerrar los ojos” cuando hablábamos en grupo en torno a su cama y no quería que pensáramos que se había dormido (aunque sí). Sin embargo, al día de hoy nunca estoy segura de qué día murió: si el 23 o el 24, y esta mañana me he levantado confundida, segura de que habían pasado tres años. Y fue así que decidí volver a ver (y escanear para mis archivos) el ticket deslavado del concierto de Papas Fritas.
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In March 1975, three weeks after opening Other books and So, the first bookshop dedicated to artist’s productions of all sorts, Ulises Carrión sent out more than 1,000 letters asking artists, writers, and publishers to send him “the sort of books you make.” A few days later, packages started arriving from North and South America, Western and Eastern Europe, Japan, and Australia. They didn’t stop for the next three years, at which point Other books and So was closed and turned into an archive.
«I firmly believe that every book that now exists will eventually disappear. And I see here no reason for lamentation. Like any other living organism, books will grow, multiply, change color, and, eventually, die. At the moment, bookworks represent the final phase of this irrevocable process. Libraries, museums, archives are the perfect cemeteries for books.» -U.C.
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Victoria,
Te han pedido que hagas un documental sobre mí.
He pensado en reglas muy simples para este juego, no tengo ganas de sentarme frente a una cámara a contarte mi vida.
Prefiero estar sola y grabar lo que se me ocurra. Los momentos felices, los vivo, los desdichados, los utilizo: el objetivo es exponerlos en un muro o en las páginas de un libro.
Tendrás acceso a mis cajones, a mi computadora y todos mis archivos.
Depende de ti.
Sophie
Victoria,
They have asked you to make a documentary about me.
I have thought of a set of rules for this game, I don’t feel like sitting in front of a camera and telling my whole life.
I’d rather be alone and record whatever I feel like. I live all the happy moments and exploit the unhappy ones: the goal is to expose them on a wall or a book.
You will have access to all my drawers, my computer and my files.
It is all up to you.
Sophie
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Sophie Calle, sans titre. Un documental de Victoria Clay Mendoza
2012 / Francia / 52 minutos
Hoy a las 18h en el Centro de Arte Bernardo Quintana.
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